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COLUMNA ABIERTA: 8M x Sofía Oportot

Por: Sofía Oportot

A medida que nos acercamos vertiginosamente a este viernes 8M, es como si nos fueramos enterando en el acto de lo crucial que se ha tornado todo esto. La lucha que ahora hacemos palpable y que instala sus consignas en las redes sociales, estampa las poleras de retail, cambia nombres a las estaciones de metro y es reporteada como nunca antes por los medios, no siempre tuvo este alcance, esta gruesa y profunda voz plural, esta libertad crispada que se une ante el miedo.

Más allá del trending topic, de la opinión violenta de algunas figuras que tienen la tribuna para decir lo que se les antoje, más allá de las distintas corrientes y diferencias ideológicas que nos unen y nos separan, más allá y antes de todo eso existieron las que iniciaron esta revolución.

Brujas y Machis, curanderas y pitonisas; aquelarres clandestinos que rasgaban las normas impuestas por la ley del más fuerte, mujeres pensadoras que alzaron la voz en las primeras tertulias, nuestras abuelas que en su momento optaron por no depender económicamente de nadie, pese a todo lo que estaba en contra, separarse si era necesario, desafiar un orden moral, criar sin apoyo, elegir no procrear, flaquear en el intento, caer y levantarse.

Cuando yo tenía 16 años y no encajaba en ninguna parte, fui a dar a los talleres de Pía Barros. Fue la primera militante feminista que conocí en mi vida y de cerca. Pía es una escritora que en ese entonces editaba sus libros y otres que no tenían cabida en las editoriales grandes en la suya, autogestionada y a pulso. Además de enseñar en los talleres, ser mamá, esposa y dueña de casa enarboló con saña la bandera del feminismo. Los derechos de la mujer y otras minorías estaban lejos de ser tema recurrente y eran simplemente obviados, silenciados. Ser feminista no era muy común en esos locos años noventas, más bien era tabú. La tildaron de todo: de puta, por sus escritos de alto octanaje erotico, de lesbiana por feminista y si hubiese existido el término feminazi se lo habrían adjudicado seguro. Para mi fue mas que una maestra y si me preguntan que aprendí de ella puedo decir que fue mucho más que tips para introducirme al mundo de la narrativa y otros universos escriturales. Abrió un portal hacia inmensas posibilidades de pararse como mujer ante el mundo, con tanta libertad y valentía, con tanto amor, convicción. Pia fue en mi adolescencia y sigue siendo pura inspiración. Fue tanto así que pase más de tres años bajo el alero de sus talleres, nutriendome de su sabiduría, del ejemplo de su entereza, del respeto que emanaba cada vez que se enfrentaba al material sensible de los otros, aprendí tanto hasta que como pájaro volé hacia otras exploraciones que intentaran completar mi puzzle artístico incompletable.

Recuerdo el 8 de Marzo de hace unos 3 años atrás, nos reunimos en plaza Italia como para cada manifestación colectiva que nos convoca, la consigna de ese año tenía que ver con las tres causales, con el derecho a elegir sobre nuestros cuerpos. No íbamos tantas en esa marcha, pero íbamos unidas en las convicciones y para la próxima si fue gigante: #Niunamenos trajo la urgencia y un despertar. Agrupaciones, cooperativas movilizadas, organización.

Yo iba vestida de novia sangrante, novia menstrual me dijieron por ahi, y yo respondí: novia ultrajada, novia desvirgada, novia forzada, novia fugitiva.


Zigzagueando y por los costados, aprovechando la velocidad de los patines sobre los cuales me movilizaba esa tarde me adelante y enfrenté desde cierta distancia a las miles de nosotras que rebasabamos la Alameda para tener desde cierta distancia una perspectiva general de la avanzada.Era indescriptible, la emoción avasallaba. En la delantera, con pendones y consignas de lado a lado venían las dirigentas, las emblemáticas, las históricas. Entre ellas Pía Barros, que quiero creer que me vio, pero no se si me reconoció, sentí el corazón latiendo a mil al verla encabezar la lucha que se hacía a cada paso más grande y colectiva, fue como si de un momento a otro todo tuviera sentido.

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